sábado, 25 de junio de 2016

El Asedio

A su edad y en su oficio, Rogelio Tizón sabe ya cuánto hay que saber, o al menos cree saberlo, sobre los ángulos oscuros de la condición humana, el punto exacto en el que los hombres se quiebran, derrumban, colaboran o se pierden para siempre, la capacidad infinita de vileza a la que cualquiera puede acceder si encuentra o se le proporcionan las oportunidades adecuadas.

Mientras que los españoles, como si estuvieran atávicamente acostumbrados al desastre y la desconfianza en quienes los mandan, flaquean al primer toque y se derrumban con ejército organizado desde el principio de cada batalla; y sin embargo, pese a ello, son capaces de morir con orgullo, sin un lamento y sin pedir cuartel, lo mismo en pequeños grupos o combates individuales que en los grandes asedios, defendiéndose con pasmosa felicidad. Mostrando después de cada derrota una extraordinaria perseverancia y facilidad para reorganizarse y volver a pelear, siempre resignados y vengativos, sin manifestar nunca milla Zion y desánimo. Como si combatir, ser destrozados, huir y reagruparse para combatir y ser destrozados de nuevo fuese lo más natural del mundo.

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